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Música, Energía y Materia en Consonancia y Disonancia

Big Bang, ese primer instante de expansión inconmensurable, aquel fogonazo primigenio en el que la energía más pura se condensó en materia y, al hacerlo, dejó una huella de ondas y radiaciones que recorren el infinito espacio-tiempo. Desde ese momento fundacional, el universo no ha cesado de vibrar. Campos electromagnéticos que interactúan en una danza eterna, partículas que oscilan al compás de fuerzas fundamentales, radiaciones de todas las longitudes de onda que atraviesan la oscuridad interestelar. Ese vasto océano vibratorio se manifiesta ante nosotros de muchas diversas maneras, todas ellas son variantes de un mismo lenguaje universal: el de la energía y la materia.
En medio de esa inmensidad, nuestro planeta Tierra, ese remoto y diminuto rincón perdido en la periferia de una galaxia cualquiera, no es ajeno a este torrente de radiaciones. Bañado por la energía del Sol y atravesado por campos cósmicos, el hogar de la humanidad recibe a diario un bombardeo silencioso de ondas de todo tipo, unas más energéticas que otras, y esa constante lluvia vibratoria ha esculpido la evolución de la vida a lo largo de millones de años. Nuestros sentidos surgieron y evolucionaron por una necesidad biológica de adaptarse a esa realidad física, de leer las señales del entorno para sobrevivir. Los ojos se afinaron para aprovechar la franja visible de la radiación solar, aquella que se refleja en los objetos y nos regala un mundo bañado en colores. Nuestra piel, sensible y extendida, aprendió a percibir el calor de los infrarrojos que irradia la materia, y nuestros oídos, órganos de una precisión asombrosa, evolucionaron para captar las minúsculas perturbaciones de las moléculas gaseosas del aire, esas compresiones y rarefacciones que llamamos sonido, y que nos conectan con el entorno de una manera íntima y fugaz.
Pero la evolución no solo nos dotó de herramientas para percibir el mundo, sino que, en un salto cualitativo propio de nuestra especie, nos concedió la capacidad de recrearlo y transfigurarlo. De toda esa información filtrada por nuestros sentidos, el ser humano sintió la necesidad de devolver al universo un eco de su propia vibración, como una metáfora de aquella.
Entonces: ¿podemos decir qué la música es la forma sensible o espiritual que tiene el universo de manifestarse ante nosotros?, energía y materia en consonancia y disonancia…

La Paradoja Final
A pesar de que el universo entero sea un enorme complejo vibratorio, quizás solo en este pequeño planeta, en la delgada capa de nuestra atmósfera y en la frágil arquitectura de nuestro oído interno, ese torrente de vibraciones se convierta en algo tan humano y tan profundo como una melodía.
Tal vez nunca sepamos si somos los únicos, o compartimos con otros seres, este milagro que el universo nos ha concedido llamado Música y nuestra especie, por lo tanto, sea la única en toda la inmensidad capaz de encontrar significado, emoción y belleza en aquello que para el resto del cosmos no es más que el simple y eterno movimiento de la materia…

Autor: Pablo Guiducci

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